miércoles, 25 de enero de 2017

Brisa

En la cueva de mentiras y comodidades,
en el silencio de la indiferencia,
con grilletes de miedo e ignorancia encadenado,
bebiendo del agua envenenada,
así yace lo que resta del ser humano

Para quien quiere escucharlo, 
los sonidos de las gotas están sonando,
el viento las está meciendo.
Por las grietas que crearon los sabios del pasado
y las que los sabios del futuro están creando,
pasa el viento de los que ya han escapado
y lentamente van abriendo los ojos
de aquellos que están aún encadenados
pero quieren correr con el aire

De la cueva en un rincón 
hay una joven encogida de dolor.
Le está acariciando una suave brisa,
fresca como la nieve en una montaña,
cálida como el fuego de una hoguera,
una brisa que ha conseguido ver al sol brillar.
Lucha por de los grilletes deshacerse
Quien ha escuchado el sonido del viento
No quiere volver a este silencio
Baila, baila con esta joven brisa

Suave brisa, quiero que te eleves,
quiero que surques el mar.
Quiero que te fusiones con los Elíseos,
que conozcas todos los fuertes vientos de aqueste mundo
Quiero que roces la verde hierba cuando sobre ella pases
Quiero que con tu calor abraces más corazones
y con tu frescura liberes a más de las prisiones
Quiero verte fuerte como un vendaval 
Quiero que compongas bellas sinfonías 
cuando muevas de los árboles sus hojas
Quiero que crezcas, que sonrías, que bailes,
que sueñes, que rías, que vivas
Te quiero, brisa mía.

Kynos.

La pluma

Cuando sacó de la mochila aquel cuaderno sintió un escalofrío. Lo cogió con las dos manos, como si tuviera miedo de que fuera a abrirse, y lo posó delicadamente sobre la mesa. Pasó sus dedos por encima de las tapas, suavemente, dibujando unas líneas por encima del polvo. Vació el aire de sus pulmones antes de abrirlo. Pasó las hojas quebradizas con cuidado, buscando la última página escrita, pero con mucho esmero de no leer nada de lo que estaba contenido en cada página. Cuando al fin encontró la siguiente página vacía, volvió a coger aire.

jueves, 5 de enero de 2017

Prólogo. Un silencio triple.

Volvía a ser de noche. En la posada Itinolito reinaba el silencio, un silencio triple.
El más evidente era una calma profunda y resonante, constituida por las cosas que faltaban. Si hubiera habido nieve esta habría golpeado las ramas de los árboles, habría invitado a los niños a salir a jugar con ella y habría arrastrado el silencio calle abajo como arrastra las hojas caídas en invierno. Si hubiera habido personas en la posada, aunque fuera tan solo un puñado de guerreros, ellos hubieran llenado el silencio con su conversación, y el arrepentimiento y las lágrimas propias de esa hora de la noche. Si hubiera habido música...
Pero no, claro que no había música. De hecho no había ninguna de estas cosas, y por eso persistía el silencio.

En la posada Itinolito dos personas resguardadas en un rincón de la barra bebían con extraña determinación, postergando las discusiones serias sobre asuntos perturbadores. Su presencia añadía un silencio hondo y discreto al otro silencio, hueco y mayor. Era una especie de disolución; un contrapunto.

El tercer silencio no era fácil reconocerlo. Si pasabas una hora escuchando, quizás empezaras a notarlo en las botellas de vidrio sin empezar que había detrás de la barra y en el cristal que las resguardaba. Estaba en el peso de las grandes ventanas, que yacían cerradas para proteger de un viento que llevaba ya mucho tiempo calmado. Estaba en el sosegado ir y venir de un trapo pardo de algodón que frotaba una superficie que ya brillaba bajo la luz de la lámpara. Y estaba en las manos de una mujer que repetía metódicamente los mismos movimientos sobre el veteado de cedro.
La mujer tenía el pelo negro como la tinta. Sus ojos, del mismo color que el viento, guardaban secretos indescifrables; y se movían con la perspicaz intuición de quienes saben muchas cosas.
La posada era suya, como también era suyo el tercer silencio. Así debía ser, pues este era el mayor de los tres silencios, y envolvía tenuemente a los otros dos. Era ancho y profundo como el final del otoño. Era grande y pesado como una gran roca alisada por la erosión de las aguas de un río. Era un sonido paciente e impasible como el de las flores cortadas; el silencio de alguien que espera la muerte.