martes, 2 de febrero de 2010

Cap 1 - Huida apresurada

- Despierta ya...

De repente, su cara empezó a difuminarse mas y mas hasta que terminó fundiéndose con los antes poderosos sauces...
Me desperté sobre saltada. Como cada noche, mi cara estaba empapada de sudor. Me levanté lentamente y me asomé al pequeño ventanuco que había en el cuarto. Pronto me dí cuenta que el silencio de la noche era demasiado grande. Me pregunté por qué no escuchaba a las lechuzas conversar, ni a los lobos lamentarse a la luna, ni siquiera a un pequeño grillo cantar. Miré al cielo. Parecía como si las estrellas hubieran perdido parte de su esplendor. Pero eso no era lo que me preocupaba. Lo que en verdad me hizó un nudo en el estómago fue aquella tenue luz a lo lejos, que parecía aumentar a cada segundo que pasaba, muy lentamente. Agucé el oído. Un susurro tenebroso se perdía en las profundidades de aquella oscura noche. Los oídos empezaron a zumbarme. Noté una fuerte persión en el pecho mientras todo a mi alrededor se desvanecía.



Una extraña criatura apareció entre la niebla. Tenía un aspecto casi humano. Su piel era de una tono moradáceo, sus largos cabellos ondeados por el viento lucían azules bajo el sol y sus punteagudas orejas le sobresalían de la cabeza. Sus ojos, brillantes, poseían un brillo plaetado que le otorgaba una feroz superioridad. Ella me miraba fijamente, intentando conocerme en el silencio. Una ráfaga de aire helado la golpeó y, fugazmente, me dedicó una amable sonrisa.

- Ha llegado la hora: vienen a por tí -sus fracciones se endurecieron, al mismo tiempo que el horror invadía mi cuerpo-. Coge el arco de tu padre y llévate tus pertenencias más preciadas. Sólo podrás elegir un humano que te acompañe, espero que escojas bien. Tienes alrededor de diez minutos hasta que echen la puerta abajo. No temas, yo te guiaré a partir de ahora. Mi nombre es Kinoax. Recuerda, sólo puedo concederte diez minutos. No dudes, o morirás.

Su cuerpo empezó a desvanecerse entre el blanquecino humo hasta que se disipó completamente junto con éste.

Sentí un fuerte golpe en la cabeza, como si alguien hubiera cogido una maza y hubiera tratado de romperla encima de mí. Me tambaleé levemente. Seguía rigída, enfrente de la maltrecha ventana de madera. Ahora podía verles, lejos, pero podía distinguir los portadores de crispeantes antorchas de los enmascarados en caballo. Oía sus gritos: las injurias que proferían a los cuatro vientos. Eran bestias sin alma encerradas en cuerpos humanos, criaturas sedientas de sangre. Avanzaban a pasos rápidos y furiosos, destrozando todo aquello que se interponía en su camino. Sus perros, rabiosos, escupían una espuma maloliente, al mismo tiempo que lucían sus colmillos salivando, preparándose para el genocidio.

Aquella escena me provocó un terror inesperado. Supe entonces que no debía de perder ni un sollo segundo más. Bajé corriendo las escaleras de dos en dos. Mi padre subía silenciosamente y se sorprendió al encontrarme despierta.

- ¡Papá! Vienen hacia aquí, ¡tienes que hacer algo!
- ¿Quién viene?, ¿qué es ese murmullo infernal?
- No lo sé, pero están armados y corremos peligro.
- Voy arriba a ver. Despiértalas e id al sótano a refigiaros.
- Pero papá, no puedes...
- No me discutas y hazlo. El tiempo apremia, hija.

Torcí el gesto, me dí la vuelta y continué bajando. Me dió tiempo a ver su musculosa figura tratando de abrir la puerta de las Armas, y desapareciendo tras ella. Me temí lo peor. Un golpe hizo retumbar toda la casa. Corrí a reunirme con mi hermana. El ruido había logrado despertarlas. Cogí sus harapos y los repartí entre ellas.

-Corred, tenemos que ponernos a salvo -dije con expresión autoritaria, aunque me temblaba la voz-. Voy a recoger víveres para el camino.

Pensé en las palabras de mi padre. Las bodegas, con barriles llenos de cerveza, no eran seguras para enemigos que usaban el fuego a su favor. Me apresuré al piso superior. Entré a la sala de Armas y noté que faltaba una espada. Cogí el arco y me eché a la espalda el saco de las flechas. A pesar de las advertencias, esprinté hasta encontrar a mi padre. Estaba apoyado sobre el marco de la ventana, preparándose para oponer una defensa férrea. Su armadura escarlata brillaba a la luz de las antorchas. Él admiraba la situación pacientemente y, sin mirarme, sentenció:

- ¿Qué haces aquí todavía?, ¿no te he dicho que os pusierais a salvo?
- Sí, padre, pero...
- No os quedéis, huid al bosque... es vuestra única esperanza.
- ¿Y tú, padre?
- No os preocupeis por mí. Mi deber ahora es intenar pararles para que tengais una oportunidad. La vida es hermosa y habéis de aprovecharla. Ahora, ¡a prisa! Reúnete con tu hermana y corred sin mirar atrás.

Me preguntaba cual sería el camino correcto. Sin quererlo, la imagen de la revelación volvió a inundarme. En ese momento mis pensamientos fueron interrumpidos.

- Es inútil quedarse a charlar -mi madre jadeaba al comienzo de la escalera. Su tono tenía una nota de histeria contenida y muy bien disimulada que me confudió levemente-. Baja, toma a tu hermana y corred tanto como vuestras piernas os lo permitan. No oses mirar atrás.
- Pero, Judith -dijo confuso él, mientras se acercaba a grandes pasos.
- No hay nada que debatir, me quedo contigo hasta el final -añadió rápidamente ella colocándose un pesado yelmo de acero-. Es la única posibilidad.

Les mire tristemente y contuve una lágrima. Un terrible rugido me hizo despertar. Tenían razón. Me avalancé hacía la escalera y llamé a mi hermana. Ella apareció de detras de la leña. Estaba realmente asustada. La cogí en brazos e intenté tranquilizarla, mientras apartaba los enormes montones de leña a un lado. Miré hacia atrás. Lo último que vimos antes de entrar por el cobertizo fue la puerta en llamas y dos figuras tratando de apaciguar las llamas.

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