martes, 2 de marzo de 2010

sin título por el momento

Aquí está la entrada prometida.
No he vuelto, sólo la debía. Siempre cumplo mis promesas, y esta estaba tardando demasiado.
Dedicada a Mi vida en palabras. Aunque espero que guste a quien lo lea.



Está empezando a quemar...

Sí, muy parecido a las transformaciones de las terriblemente dolorosas noches de Luna Llena. Noto una fuerte presión en la cabeza, como si alguien con las manos grandes estuviera apretándola fuertemente. Me pitan los oídos y empiezan a borrarse los recuerdos. Pronto dejaré de saber dónde estoy. Pero a diferencia de la transformación, no hay una rabia incontrolable que bruta junto con la quemazón. No, en esta ocasión es un dolor implacable que surge desde lo más profundo de las entrañas.

Alguien ha dejado caer una maza sobre mi cabeza y todo me da vueltas. Las voces de mi alrededor intentan colarse en mi mente para transmitir un significado o un mensaje, no lo sé. Creo que están decidiendo qué hacer conmigo. Veo que me miran, indiferentes; aunque sus figuras empiezan a difuminarse y comprendo que bien podría ser una ilusión creada por mi retina.

Me pesa el cuerpo. Aparece en mis extremidades un extraño hormigueo. Intento moverme en vano. No sé si se debe al doloroso cosquilleo o a la falta de fuerzas que poco a poco iba haciendo mella en mí. Sí, debía de ser eso. A medida que este se iba extendiendo, mis ojos empezaban a cerrarse mientras yo trataba sin éxito de mantenerlos abiertos, ya que me daba cuenta de que ese era mi único contacto con la realidad y aunque a veces mi retina las cambiaran por ilusiones, sabía que aquello era mejor que nada... pero en realidad, mi parecer no importaba para nada, pues a pesar de mis esfuerzos, ya nada respondía a mis impulsos y extrañamente aquello no era lo que más me preocupaba: si no el hecho mas que notable de que no recibía ningún tipo de estímulo.


No sabría escribir cuánto tiempo permanecí en ese estado, y menos aún cómo logré sobrevivir. Perdí la noción del tiempo, pero sabía que este pasaba. Entre la oscuridad en la que me encontraba sólo podía diferenciar una cosa: ese sueño. Ni siquiera era capaz ya de distinguir claramente el dolor físico del mental, pero en la negrura de mis pensamientos fluían imágenes: imágenes alegres, tristes, de buenos y de malos momentos, de recuerdos, de dibujos, de historias y de cuentos; terribles pesadillas que solían atormentarme desde la sombra... todo fluía, uno tras otro llegaba y se iba, retornando su camino hacía el mas allá, inexorablemente... a pesar de que yo no podía sentir nada.

Sólo ese sueño que se repetía amenudo y que me producía una satisfacción inigualable, una satisfacción tan grande y peligrosa que sobrepasaba todo tipo de dolor que pudiera sentir.

Pero algo en mi interior sabía que eso era malo y que poco a poco me iba perdiendo a mí misma. Ni mis presentimientos, ni mis visiones me avisaron... tan sólo esa vocecita que salía del más pronfundo recoveco de mi alma. Tuve que aguzar el oído para comprender sus palabras y darme cuenta de que tenía razón. Pero entre todo aquel desastre y pozo de amargura, ¿por qué me iba a hacer mal lo único que me traía un poco de felicidad? Si sólo era un sueño, un recuerdo, un personaje de una historia leída o a lo sumo una ilusión, ¿qué mal podía hacerme?


¡Qué estúpida fui! No me dí cuenta de que no era nada de lo anterior, sino una pesadilla que lejos de producirme pavor, me hacía sentir satisfecha. La misma que había estado teniendo durante años y que lograba dibujarme tres lágrimas cristalinas a cada noche de mi antigua vida.
Era mi peor pesadilla.



Cuando lo comprendí supe que me había vuelto loca. Ellos habían conseguido aislarme y mantenerme alejada de aquel mundo en el que vivía tan felizmente... me habían torturado física y psicológicamente hasta que ya no pude sentir más dolor... pero yo era capaz de pensar, por muy cansada o destrozada que me hallara, y eso siempre me daba esperanzas y me ayudaba a seguir. Pero ya no. Ahora que la locura se había instalado en mí, ya no merecía la pena intentar levantarse o abrir los ojos después de cada latigazo. Ni siquiera gritar o estremecerse, puesto que una vez hube perdido la razón, ya no había más que perder.

Ahora sólo tenía que esperar a que mi cuerpo muriera, y a pesar de que mi mente no había dado de sí, decidí permanecer allí tirada (fuera cual fuera el lugar en dónde estuviera), y resistir tanto como pudiera. No iba a ponérselo fácil, al menos. Ese fue mi último pensamiento coherente: no uno de horror o de derrota, sino de venganza. Ellos me había utilizado, seducido y acto seguido, decepcionado, engañado y traicionado. Y después de aquellas torturas habían conseguido quitarme todo, absolutamente todo... menos la esperanza. Sí, quizás no tuviera fuerzas y tampoco cordura, y a pesar de que no podía sentir nada, ni siquiera un ápice de furia hacia aquellos, los que habían sido responsables de todo esto, seguía queriendo salir de allí, con el único de deseo de hacerles pasar por lo mismo... sólo para que pudieran conocer mi dolor.

... A decir verdad, me daba igual morir o no. Sabía que mi lugar no era el infierno y que fuera a dónde fuera mi cuerpo, mi mente y mi alma no descansarían en paz hasta que ellos no hubieran probado un poco de su propia medicina.

Y eso fue lo que me mantuvo ''viva'', aunque en realidad ya hubiera muerto... y mi corazón siguiera latiendo.




... Una historia casi real.
Un gran saludo a aquellos que han vivido algo parecido... es realmente horrible.

Kinoax

1 comentario:

  1. Horribles las sensaciones pero perfectamente relatadas!
    Me puse en ese lugar y entendi el porque del texto.

    Muchas gracias por cumplir tu promesa!!!

    Me encanto!

    Besos amiga!

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