lunes, 1 de noviembre de 2010

exp (I)

Una vez más, era de noche. El viento arremetía violentamente contra los matorrales y hacía silbar las ramas de los árboles, creando un siniestra melodía. La barba del enano se mecía al son de esta música, mientras que el aire helado que penetraba por cada rincón de su armadura portaba consigo un fúnebre olor a sangre.

Cada vez era más difícil escuchar el sonido de las armas entrechocando y de las flechas cortando el aire y la carne. Él sabía que la batalla estaba a punto de tocar a su fin, cuando escuchó de pronto los cascos de un caballo. Fugazmente se camufló entre los arbustos y disfrutó de unos últimos instantes de paz, sosteniendo la respiración todo lo bien que sabía. Ni siquiera la húmeda niebla pudo camuflarle. El jinete, duramente entrenado, supo diferenciar su olor entre todos los demás. Se bajó del caballo, desenvainó su espada y la colocó entre su hombro y su cuello sin apenas mirar a través de las hojas.

- A partir de aquí mide tus palabras, joven bárbaro, pues de eso depende tu vida. ¡Identifícate! ¿Quién te ha enviado?

- Soy un noble herrero que atravesaba la comarca para llegar a Levithe antes del amanecer, pero no sabía que se estaba librando semejante guerra en los límites de la cuidad.

- ¡Mientes! Puedo oír tu mazo temblar junto contigo y tu miedo allá abajo. -colocó la espada a ras del cuello como amenaza- Te doy una última oportunidad: Quién eres, qué haces aquí y si vienes por órdenes de esos sucios Black. -dijo, casi escupiendo esa última palabra, bañada en odio y rencor.

El enano enloqueció de júbilo al saber entonces que había encontrado aliados, pero inmediatamente recordó que tenía el filo de una espada contra su piel. Revisó primeramente sus palabras antes de decir:

- Soy un forjador de armas sin hogar ni familia. Los Black me lo han quitado todo en la villa donde antes vivía... han arrasado con todo. -dijo arrastrando un profundo dolor- Allá arriba, en la montaña, hay más de los mios y por eso me dirigía a Levithe.

- Deberías saber que un simple mazo contra ellos, de noche, y tú sólo no vale de nada -esperó sujetando todavía la espada.

- ... Me pareció que sería una ofensa para cualquiera, en esas mismas condiciones, no llevar siquiera un arma.

El caballero, extrañado, alzó una ceja, retiró su arma y la guardó. El enano salió torpemente de aquella mata verde. En su destrozada armadura brillaba un rojo escarlata de su misma sangre, que hacía unas pocas horas de derramaba a través de ella.

- Disculpe... estoy herido. -dijo aquel ser, que no medía más de un metro.

- Aquí todos estamos heridos... -enunció el jinete, y sus ojos se tornaron por un momento sombríos y distantes- Venga, sube a mi caballo. Conozco una manera rápida de llegar al castillo.



Unos segundos después, los cascos del animal volvían a no poder distinguirse entre aquel susurro metálico y oscuro de guerra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario