jueves, 5 de enero de 2017

Prólogo. Un silencio triple.

Volvía a ser de noche. En la posada Itinolito reinaba el silencio, un silencio triple.
El más evidente era una calma profunda y resonante, constituida por las cosas que faltaban. Si hubiera habido nieve esta habría golpeado las ramas de los árboles, habría invitado a los niños a salir a jugar con ella y habría arrastrado el silencio calle abajo como arrastra las hojas caídas en invierno. Si hubiera habido personas en la posada, aunque fuera tan solo un puñado de guerreros, ellos hubieran llenado el silencio con su conversación, y el arrepentimiento y las lágrimas propias de esa hora de la noche. Si hubiera habido música...
Pero no, claro que no había música. De hecho no había ninguna de estas cosas, y por eso persistía el silencio.

En la posada Itinolito dos personas resguardadas en un rincón de la barra bebían con extraña determinación, postergando las discusiones serias sobre asuntos perturbadores. Su presencia añadía un silencio hondo y discreto al otro silencio, hueco y mayor. Era una especie de disolución; un contrapunto.

El tercer silencio no era fácil reconocerlo. Si pasabas una hora escuchando, quizás empezaras a notarlo en las botellas de vidrio sin empezar que había detrás de la barra y en el cristal que las resguardaba. Estaba en el peso de las grandes ventanas, que yacían cerradas para proteger de un viento que llevaba ya mucho tiempo calmado. Estaba en el sosegado ir y venir de un trapo pardo de algodón que frotaba una superficie que ya brillaba bajo la luz de la lámpara. Y estaba en las manos de una mujer que repetía metódicamente los mismos movimientos sobre el veteado de cedro.
La mujer tenía el pelo negro como la tinta. Sus ojos, del mismo color que el viento, guardaban secretos indescifrables; y se movían con la perspicaz intuición de quienes saben muchas cosas.
La posada era suya, como también era suyo el tercer silencio. Así debía ser, pues este era el mayor de los tres silencios, y envolvía tenuemente a los otros dos. Era ancho y profundo como el final del otoño. Era grande y pesado como una gran roca alisada por la erosión de las aguas de un río. Era un sonido paciente e impasible como el de las flores cortadas; el silencio de alguien que espera la muerte.

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